Estaba sentado en un muro, observando el aire, la nada, el calor, dejando pasar el tiempo casi sin moverse. Y yo allí, agazapada, medio escondida, para que no me viera y desapareciera asustado. Yo allí estaba también, observándolo a él, a su peluda cara, captando casi sus pensamientos a través de los leves movimientos en su expresión, observando sus mullidos y peludos bracitos, sus piececitos balanceándose en el aire, su suave y blanda tripita... En sus ojos de plástico, tan llenos de vida en ese momento, ya que no se sabía observado por humanos, pude leer mucha curiosidad, muchas preguntas... pero también mucha s(u)aviduría e inteligencia. Un gato se le acercó. Era un gato grande, gris, atigrado, de grandes patas y con una mancha blanca en la punta de la cola. Se acercó a él y creí adivinar que se conocían ya que intercambiaron lo que a mí me pareció una especie de saludo, extraño a mis ojos, como un ritual que ambos parecían conocer. Se sentó a su lado y ahí se quedó, observando el aire, tan quieto, que por unos instantes ambos me parecieron peluches inertes y no un gato y un Peño.
Contemplando
Estaba sentado en un muro, observando el aire, la nada, el calor, dejando pasar el tiempo casi sin moverse. Y yo allí, agazapada, medio escondida, para que no me viera y desapareciera asustado. Yo allí estaba también, observándolo a él, a su peluda cara, captando casi sus pensamientos a través de los leves movimientos en su expresión, observando sus mullidos y peludos bracitos, sus piececitos balanceándose en el aire, su suave y blanda tripita... En sus ojos de plástico, tan llenos de vida en ese momento, ya que no se sabía observado por humanos, pude leer mucha curiosidad, muchas preguntas... pero también mucha s(u)aviduría e inteligencia. Un gato se le acercó. Era un gato grande, gris, atigrado, de grandes patas y con una mancha blanca en la punta de la cola. Se acercó a él y creí adivinar que se conocían ya que intercambiaron lo que a mí me pareció una especie de saludo, extraño a mis ojos, como un ritual que ambos parecían conocer. Se sentó a su lado y ahí se quedó, observando el aire, tan quieto, que por unos instantes ambos me parecieron peluches inertes y no un gato y un Peño.
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